Ya no sé quién soy desde que soy madre (y no es una crisis de las de andar por casa)
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Antes hacías cosas sin pensarlo dos veces. Leías libros enteros —¡enteros!— sin interrupciones cada tres minutos. Quedabas con tus amigas cuando querías, sin hacer malabares con agendas escolares, siestas o mocos. Volvías a casa a la hora que te daba la gana. Te tirabas en el sofá a mirar el techo. Viajabas sin preguntarte si había tronas, cambiadores o actividades “para toda la familia”.
Y sí, ya lo sabías. Te lo habían dicho: “Te va a cambiar la vida”. Pero en esos momento no te importaba, porque la ilusión superaba a cualquier temor, y lo escuchabas con media sonrisa, como si la advertencia no fuera conmigo.
Y luego, amiga… luego pasa el tiempo. Y flipas.
La maternidad se lleva por delante muchas cosas. No solo tiempo y energía. También espacio. Voz. Deseo. Silencios. Y si no tienes mucho cuidado (del bueno, del que no siempre está disponible), te lleva a ti.
No es una tragedia griega. Es una realidad cotidiana. Sutil. Silenciosa. Y muchas veces, solitaria. Una empieza a desaparecer de formas pequeñas: ya no lees, ya no sales, ya no te miras al espejo más allá de comprobar si llevas el sujetador torcido. Ya no sabes qué te gusta, qué te apetece, ni siquiera si tienes hambre o solo estás agotada.
Y lo peor es que nadie te lo cuenta con toda su complejidad. Te dicen que vas a vivir “el amor más grande del mundo”, que todo pasa volando, que disfrutes cada momento. Pero ¿Cómo se supone que puedes disfrutar algo que te desborda, te exige cada vez más y no te deja ni cinco minutos para respirar?
Y si además tu maternidad no es la del cuento tradicional —si tus hijos han llegado tras una historia difícil, si has adoptado, acogido, si eres madre sola o formas parte de una familia que no encaja en el molde— entonces es todavía más intenso. Porque todo se multiplica: las exigencias, las preguntas sin respuesta, la culpa, la sensación de estar improvisando con una vida que no da tregua.
Y ahí estás tú, intentando hacerlo bien, sintiéndote mal por no disfrutarlo todo el tiempo, preguntándote si esto también lo estás haciendo mal. A veces hasta piensas que te equivocaste, y luego te entra pánico por haberlo pensado.
Y no, no se trata de “volver a ser la de antes”. Esa ya no eres. Esa ya pasó. Ahora toca otra cosa: no desaparecer del todo. Reconocerte en lo que eres hoy, aunque te cueste.
Tal vez no puedas hacer grandes cosas por ti ahora mismo. Pero una pequeña sí. Cinco minutos. Un café sola. Una canción. Una frase que no sea para otro. O simplemente, decirte: “yo también importo”.
Porque importas. Incluso cuando estás perdida. Incluso cuando gritas. Incluso cuando lloras en el coche. Especialmente ahí.
Y aunque a veces parezca que estás atrapada en una vida que ya no reconoces, confía, volverás a encontrarte y te sorprenderá la mujer que ha ido naciendo mientras criabas.
Ana Lozano Coach de Maternidad