LO QUE PEOR TOLERAMOS LAS MADRES: el sufrimiento de nuestros hijos

LO QUE PEOR TOLERAMOS LAS MADRES: el sufrimiento de nuestros hijos

Si hay algo que nos resulta especialmente difícil de llevar  es el sufrimiento de nuestros hijos/as.
Más incluso que el cansancio, la incertidumbre o los errores.

El dolor de verlos sufrir nos desarma.

Y, muchas veces, ahí nace uno de los grandes retos que nos ponemos —aunque no siempre de forma consciente—:
“Que mi hijo no pase por donde pasé yo.”

Queremos protegerles a toda costa.
Evitarles lo que a nosotras nos dolió.
Ahorrarles caminos que fueron demasiado duros para nosotras.

Y lo entiendo profundamente.
Lo he vivido y lo veo cada día.

El deseo de proteger… y su límite

El problema no es ese deseo.
El problema es que, sintiéndolo mucho, no es posible evitar todo sufrimiento.

Nuestros hij@s van a frustrarse.
Van a sentirse excluidos alguna vez.
Van a enfadarse, a equivocarse, a pasarlo mal en algún momento.

No porque lo estemos haciendo mal, sino porque vivir incluye atravesar dificultades.

Cuando intentamos eliminar el sufrimiento por completo, si darnos cuenta, nos colocamos una carga imposible… (a demás de no hacerle una personita resiliente tan importante en el mundo que vivimos) .......y muchas veces empezamos a criar desde el miedo.

Cuando nuestra historia entra en juego

En sesiones observo esto con mucha frecuencia.

Madres intentando proteger a sus hij@s de aquello que ellas mismas vivieron:

  • dificultades con la comida,
  • conflictos con amigos,
  • problemas en el colegio,
  • sensación de rechazo, de soledad, de no encajar.

Situaciones muy diferentes entre sí, pero con una raíz común:
“Yo no quiero que mi hijo sufra como sufrí yo.”

Y aquí es donde, con todo el amor del mundo, empiezan a colarse nuestras proyecciones.

Miedos que no siempre nacen del presente

A veces el miedo no tiene tanto que ver con lo que está pasando ahora,
sino con lo que se activa dentro de nosotras.

Entonces interpretamos señales normales como amenazas.
Nos adelantamos.
Intervenimos antes de tiempo.
Nos cuesta confiar.

Y poco a poco empezamos a ver patrones que no vienen tanto del niñ@, sino de las creencias que hemos ido construyendo a partir de nuestra propia experiencia.

No es un fallo.
Es humano.

El gran aprendizaje: diferenciar

Uno de los trabajos más importantes en la crianza no es evitar el sufrimiento, sino aprender a diferenciar:

  • Qué es de mi hijo y que es mío.

  • Qué necesita ahora él  y qué necesita ahora la parte de mí que recuerda

Cuando no hacemos esta distinción, el miedo ocupa demasiado espacio.
Cuando podemos hacerla, el miedo se calma y cada cosa vuelve a ocupar su lugar.

Nuestros hijos no necesitan una infancia sin dolor

Necesitan adultos que puedan acompañar aquello que duele sin desmoronarse.
Que no huyan del malestar.
Que confíen en que ellos también tienen recursos.

Acompañar el sufrimiento no es provocarlo, ni exagerarlo, ni eliminarlo.
Es estar presentes sin que nuestra historia pese más que la suya.

Si esto te ha tocado

Si al leer esto has sentido un nudo, una incomodidad o incluso un poco de tristeza, no es casualidad.
A veces, cuando algo nos toca, nos hace sentir esto y es importante que lo escuchemos.

No siempre es fácil aceptar que nuestros miedos vienen de lejos.
Que no todo tiene que ver con nuestros hij@s.
Que también hay partes nuestras que siguen necesitando cuidado.

Mirarlas nos permite criar con más alivio y menos carga. 

Cuando cuidamos de nuestra propia historia, dejamos más espacio para la de nuestros hij@s.

Y eso, es un gran paso en la maternidad. Dejarles crecer aprendiendo a ser ell@s mim@s. SIN INTERFERENCIAS.

Regresar al blog