LA KRIPTONITA DE LAS MADRES (yo puedo con todo)

LA KRIPTONITA DE LAS MADRES (yo puedo con todo)

Hay algo que define a muchas madres: somos luchadoras, resilientes y profundamente valientes. Sostenemos, organizamos, anticipamos, cuidamos. Y, al mismo tiempo, compartimos una creencia silenciosa que casi nunca cuestionamos: yo puedo con todo.

No sé en qué momento nos hicieron entender que éramos superheroínas y que nuestra kriptonita nunca iba a aparecer. Pero aparece. Y normalmente no avisa.

La mayoría de las madres llegan a pedir ayuda cuando su energía está ya en números rojos. No cuando están empezando a cansarse. No cuando notan las primeras señales de irritación. Llegan cuando sienten que algo dentro se ha roto. Después de haber reaccionado como juraron que no harían. Después de gritar. Después de castigar desde el enfado. Después de acostarse con culpa y prometerse que mañana lo harán mejor.

Y casi siempre llegan buscando soluciones urgentes para los desbordes de sus hijos. Porque, claro, el problema parece estar ahí: gritan, pegan, muerden, retan, provocan, rompen cosas.  Entonces ponemos todo el foco en ellos, en cómo corregir, en qué estrategia aplicar, en cómo gestionar mejor sus emociones.

Pero casi nunca miramos la primera señal real de que algo se está rompiendo.

Y esa señal no es su desborde. Es el nuestro.

Cuando una madre empieza a perder su propio centro, lo que aparece no es falta de información. Es desregulación. Respondemos al grito con grito, al reto con castigo, al golpe con más dureza. Y después llega la culpa. Y junto a la culpa, una confesión que muchas hacen en voz baja: que en esos momentos maldicen la crianza consciente, los libros, los podcasts y todas las estrategias que conocen, porque cuando el desborde es real, nada parece funcionar.

Y tiene sentido.

Cuando el sistema nervioso está saturado, las estrategias no aparecen. No porque no sepas. Sino porque no puedes.

Imagina que tienes que reconstruirte como un Lego. Tienes casi todas las piezas, pero hay una que falta. Intentas encajar el resto, fuerzas un poco, ajustas aquí y allá… pero nada termina de sostenerse. La pieza que falta eres tú: tu descanso, tu regulación, tu espacio, tu esencia. Criar desde ahí es intentar construir sin base.

Por eso muchas madres llegan cuando ya están a menos diez. Y pedir ayuda en ese momento está bien. Más vale tarde que nunca. Pero también existe otra posibilidad: no esperar a romperse para empezar a cuidarse. No hace falta tocar fondo para empezar a mirar hacia dentro.

Y aquí viene algo importante: antes que estrategia, hace falta conciencia.

Cada madre se desborda por motivos distintos. Puede ser la falta de descanso, la autoexigencia constante, la sensación de soledad, una historia personal que se activa con ciertas conductas, el miedo a hacerlo mal o la necesidad de control. Si no sabes qué es lo que realmente te está afectando a ti, aplicar técnicas es como poner parches sin mirar la herida. Puede aliviar momentáneamente, pero no transforma.

Por eso, si quieres empezar a salir del desborde, el trabajo no empieza con tu hijo. Empieza contigo.

Empieza por observar cuál es tu señal física previa al estallido: la mandíbula que se tensa, el pecho que se aprieta, el calor que sube por la cara. Ese es tu semáforo. No esperes a estar en rojo para actuar; aprende a reconocer el ámbar.

Continúa cambiando el foco durante unos segundos cuando la situación se active. En lugar de preguntarte cómo hacer que tu hijo pare, pregúntate qué necesitas tú para no explotar. A veces será distancia. A veces bajar el tono. A veces simplemente callar y respirar antes de intervenir.

Y, sobre todo, reduce la exigencia en el momento crítico. Cuando el desborde está presente, no es momento de educar. Es momento de regular. La educación vendrá después, cuando tú hayas vuelto a tu centro.

No hace falta romperse para empezar a cuidarse, pero sí hace falta honestidad para reconocer cuándo estás sosteniendo más de lo que puedes. Si te has visto reflejada en estas líneas, no es porque seas mala madre. Es porque llevas demasiado tiempo siendo fuerte sin pausa.

Y eso, tarde o temprano, pasa factura.

Regresar al blog