LA ADOPCIÓN: UN VIAJE DE MAR BRAVA (y por qué no deberías hacerlo sola)
Share
No sé exactamente por qué, pero siempre quise adoptar.
Me recuerdo con once o doce años diciendo, que algún día adoptaría un niño o una niña. No era una idea romántica ni un plan detallado. Era algo que estaba ahí, como una verdad absoluta.
Años después, cuando empecé una relación de pareja que parecía ir en serio —hoy el padre de mis cuatro hijos—, recuerdo que le dije
“Si seguimos, quiero que sepas que yo voy a adoptar.”
Y así fue. Adoptamos.
Todavía recuerdo los nervios y la emoción del día que solicitamos la cita en la Comunidad de Madrid para iniciar el curso de preadopción. Aquel primer paso oficial. La sensación de estar diciendo “sí” a algo grande, importante, irreversible.
Yo ya había tenido dos hijas biológicas, y aun así, cuando supe que el proceso avanzaba, sentí una emoción muy parecida a la del embarazo: la felicidad de decir sí a otro hijo. No venía del cuerpo, pero sí del corazón y de la decisión.
Y entonces empezó el camino.
Despacho tras despacho para entregar papeles.
Cita tras cita para obtener el certificado de idoneidad.
La búsqueda de una ECAI, la elección del país.
Y, finalmente, la gran espera.
Una espera que a veces se convierte en años.
Durante ese tiempo tienes mucho espacio para imaginar: cómo será tu hijo, cómo será el encuentro, cómo será la vida juntos. Tiempo para desear, para formarte, para leer, para prepararte… y también para desesperarte.
Porque aunque todo eso es necesario, no siempre es suficiente.
Hay algo para lo que muchas veces no estamos preparadas:
acompañar una historia pasada.
Una herida profunda.
Un dolor que no empezó contigo.
La adopción no es un camino de aguas tranquilas. Es un viaje de mar brava.
Surfeas las miradas y los comentarios de fuera.
Surfeas a tu hijo, con su historia, su conducta, su forma de estar en el mundo.
Y te surfeas a ti misma: tus miedos, tus dudas, tus preguntas, tu sensación de no saber si lo estás haciendo bien.
Recuerdo que en el curso de adopción se hablaba de estadísticas. De niños adoptados que no permanecían en sus familias por las dificultades que aparecían. El número no era enorme, pero sí lo suficientemente significativo como para incomodar.
Decían también que había más fracasos en familias que ya tenían hijos biológicos. Y ahí estaba yo, escuchando sin comprender del todo.
Hoy lo entiendo mejor.
Hoy sé que cualquier forma de maternar es difícil.
Que el éxito o el fracaso no dependen solo del amor ni solo de la madre.
Que hay historias que pesan, dinámicas que desbordan y contextos que no ayudan.
Y también sé algo más importante todavía: cuando una madre está acompañada en los momentos difíciles, todo se vuelve un poco menos cuesta arriba.
El acompañamiento no lo soluciona todo, pero protege el vínculo.
Y cuando hablamos de adopción, proteger el vínculo es proteger la permanencia.
Hoy tengo claro que no quiero que haya tantas adopciones que se rompan.
No quiero que historias de espera eterna, de ilusión inmensa y de amor sincero se quiebren por la impotencia de no saber qué hacer.
No porque falte amor, sino porque falta sostén.
Mi experiencia y mi formación me han enseñado que no tenemos que poder con todo solas. Que pedir ayuda no es rendirse, es cuidar. Y que acompañar a tiempo puede marcar la diferencia entre sobrevivir… o sostener el vínculo incluso en medio de la tormenta.
Si estás en ese momento —si estás esperando, si acabas de llegar, si sientes que esto te supera— quiero que recuerdes algo:
no estás sola.
Estoy aquí para ti.