EQUIVOCARSE SIN ROMPERSE. (El error como aprendizaje en la maternidad)
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Cuando evitamos constantemente el error, no solo intentamos evitar el malestar.
También estamos limitando un tipo de aprendizaje muy necesario: el que nace de equivocarse, revisar y seguir.
Y entonces ocurre algo que vemos con frecuencia en consulta (y también en talleres):
Personas —niños, adolescentes y adultos— que se bloquean ante la dificultad.
Que viven el fallo como algo intolerable.
Que sienten que si se equivocan, algo en ellos “no está bien”.
Muchas veces no tiene que ver con falta de capacidad, sino con haber tenido poco espacio para practicar algo esencial:
equivocarse sin romperse.
El martes pasado estaba en un instituto, impartiendo un taller sobre cómo proteger la salud mental en la adolescencia.
En un momento del taller, lancé una pregunta sencilla:
—¿Cuál ha sido vuestro último error?
—¿O cuál es el error que más os pesa?
Una de las madres que estaban en el taller dijo:
“Mi gran error ha sido dejar de hacer cosas por centrarme exclusivamente en la maternidad.
He dejado de viajar, de formarme, de cuidarme… Me olvidé de mí para ser madre.
Y ahora estoy intentando recuperar esas partes.”
Y entonces se hizo un silencio que no era incomodo.
Un silencio que no era vacío, sino todo lo contrario: estaba lleno de reconocimiento.
Porque, en el fondo, no hablaba solo de ella.
Hablaba de una forma muy extendida de entender la maternidad: estar para todo, anticiparnos a todo, resolver antes de que el error aparezca. Acompañar tanto que, sin darnos cuenta, dejamos poco espacio para que nuestros hijos se confundan, prueben, se equivoquen y aprendan por sí mismos.
Muchas veces intervenimos en cosas que ya pueden hacer. No por falta de confianza en ellos, sino por miedo al malestar, al fallo, a que se frustren. Y así, poco a poco, vamos retirando oportunidades para que desarrollen autonomía, tolerancia a la frustración y confianza en sus propios recursos.
Ahí es donde aparece lo que luego vemos en consulta: dificultades para manejar el error, bloqueos ante la exigencia y una vivencia muy rígida del fallo. No porque no puedan, sino porque pocas veces han tenido espacio para equivocarse con seguridad.
Y en paralelo, mientras sobrevolamos sus procesos, nos vamos quedando fuera de los nuestros.
Porque sostenerlo todo suele implicar renuncias:
a tiempo propio,
a espacios personales,
a partes de la identidad que no desaparecen… pero sí quedan en pausa.
Lo valioso de lo que compartió esa madre no fue solo nombrar lo que perdió, sino darse cuenta de algo más importante: que todavía está a tiempo. Que puede recuperar partes de sí misma. Y que hacerlo no es egoísmo, sino también aprendizaje para sus hijos.
Porque una madre que se permite revisar sus decisiones, reconocer un error y hacer ajustes está enseñando algo fundamental: que la identidad no se pierde, que se transforma. Y que equivocarse no es un final, sino un punto de partida.
Tal vez acompañar de verdad no signifique evitar el error, sino confiar lo suficiente como para dejar que ocurra. En ellos y en nosotras.
Y entender que permitirnos recuperar lo que dejamos atrás también es una forma de educar.