CUANDO LA MATERNIDAD SE VUELVE DE ALTA EXIGENCIA
Share
Quizás nunca has usado el término maternidad de alta exigencia. Puede que ni siquiera lo hayas escuchado. Pero si estás aquí, probablemente sí conozcas la sensación.
La de estar agotada de una forma que no se quita durmiendo.
La de sentir que ya no te quedan recursos.
La de probar cosas y que nada termine de funcionar.
La de llorar en silencio, cuando nadie te ve, porque no sabes cómo seguir así.
Muchas madres viven esta maternidad sin ponerle nombre. Solo sienten que algo pesa demasiado.
La maternidad se vuelve de alta exigencia cuando todo requiere de ti: presencia constante, sostén emocional, decisiones continuas, regulación permanente. Cuando no hay apenas tregua interna.
No es solo lo que pasa fuera. Es lo que pasa dentro.
Empiezas a exigirte más. A dudar de ti. A preguntarte si lo estás haciendo mal. A tener miedo.
Miedo a que esto no cambie.
Miedo al futuro.
Miedo a la mirada de los demás.
Y poco a poco, sin darte cuenta, tú te vas quedando en segundo plano.
Esto puede ocurrir en cualquier maternidad. Pero en las maternidades no convencionales suele intensificarse; adopción, acogimiento, maternidad en solitario.
En la adopción y el acogimiento, porque además del presente hay una historia previa que sostener.
En la maternidad en solitario, porque no hay red: no hay relevo, no hay descanso real.
¿Hay momentos en los que una necesitaría que alguien te rescatara? Sí. Muchos.
(Y te lo digo desde un lugar muy concreto: soy madre biológica, adoptiva y de acogida).
Cuando una madre vive en alta exigencia, suele buscar herramientas. Algo que hacer cuando todo se desborda.
Y es comprensible. Queremos soluciones rápidas para poder seguir adelante cada día.
Pero con el tiempo he visto algo claro: en los momentos más difíciles, la herramienta principal no es una técnica. Eres tú.
No porque tengas que poder con todo.
Sino porque tú también necesitas ser acompañada.
Cuando algo te desborda de verdad, no solo reacciona tu hijo. Reaccionas tú entera: tu cuerpo, tu historia, tus miedos, tus pensamientos.
Si en esos momentos no puedes sostenerte un poco, lo que suele salir es lo automático: alzar la voz, regañar, castigar, ponerte a su altura. No porque quieras, sino porque estás al límite.
Y entonces aparece más culpa. Más distancia. Más sensación de fracaso.
La estrategia no es exigirte más control, sino empezar a cuidarte por dentro.
Autoconocimiento para entender qué te duele.
Regulación del estrés para no vivir siempre en alerta.
Autocuidado emocional para no desaparecer mientras acompañas.
Esto no sustituye a las herramientas educativas. Las hace posibles.
Quizás al leer esto notes resistencia. Tal vez pienses que todo vuelve a recaer sobre ti. Y no es eso.
Nadie nos enseñó a sentir sin desbordarnos. Nadie nos enseñó a escucharnos ni a tratarnos con amabilidad cuando no podemos más.
Por eso cuesta tanto ahora.
Quizás esto, te pueda ayudar si hoy hay un momento difícil, para identificar tu emoción y dar un parón a la reacción
Detente un instante y pregúntate en silencio:
“¿Qué me está pasando y que estoy sintiendo?”
No busques qué hacer. Solo nombra una emoción. La que aparezca.
Coloca una mano donde estés sintiendo esa emoción y respira lento tres veces. Como si la emoción fuera un nudo que quisieras desaflojar. Pon la atención aquí y no fuera.
No va a cambiarlo todo. Pero este STOP, cambia tu reacción y después tu emoción.
Y cuando una madre empieza a acompañarse, algo se afloja. La exigencia baja un punto. El vínculo respira. Y la maternidad deja de ser solo un lugar de desgaste para convertirse, poco a poco, en un espacio donde tú también existes.
No como madre perfecta.
Como mujer real, cansada a veces, valiente siempre, que también merece sostén.