AGOTAMIENTO MATERNO Y EXPLOSIONES (Una combinación muy frecuente)
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Llegas a casa de trabajar o directamente vas a la escuela a recogerles. No tienes mucha energía. Últimamente te sientes cansada. Han sido semanas intensas.
Los desbordes.
Los enfados por cualquier cosa.
La merienda.
Que no quiere irse a casa.
Que no le hables.
Que no recoge los juguetes.
Y un sinfín de estallidos que no sabes contener ni acoger porque, sinceramente, no puedes más.
Miras el reloj.
Y aunque tú tengas mil cosas que hacer y estés reventada, prefieres aguantar todo lo posible en el parque. Porque sabes que en cuanto cruzas la puerta empieza la segunda jornada: ducha, cena, camas.
Y después… la tercera.
Lavadora.
Comida del día siguiente.
Recoger un poco la casa.
Preparar la merienda del patio.
Y los imprevistos, que siempre aparecen.
Estás desgastada. Sin fuerzas. Y preocupada.
Porque la única fuerza que parece salirte es cuando tu peque se desata… y tú te desatas con él.
Y entonces te preguntas:
Si no tengo energía para nada… ¿de dónde sale este huracán?
Pensabas que la paciencia venía de serie en las madres.
Pero debe ser que tú no estabas en esa serie.
Quizá esto de la maternidad no estaba hecho para ti.
Y ahí aparece algo todavía más duro que el cansancio: el enfado contigo misma.
Por dejarte llevar.
Por no saber resolver las situaciones.
Porque parece que, en vez de disminuir, los desbordes aumentan.
Y con ellos, tu frustración.
Necesitas que mejore sus explosiones.
Sus comportamientos.
Porque, en el fondo, sientes que eso habla de ti.
Algunas personas te dicen que descanses.
Que los dejes unos días con los abuelos.
Pero eso a veces es peor.
Los comentarios.
Los consejos “para ayudarte”.
Las miradas que, aunque no lo digan, parecen decirlo todo.
Y sales de ahí sintiéndote la peor madre del mundo.
Es como si su comportamiento fuese el espejo de lo mal que lo estás haciendo.
Y eso duele.
Pero hay algo importante que quizá no estás viendo.
La mayoría de las veces, el comportamiento de tu peque no evalúa si eres buena o mala madre.
Lo único que nos dice es que puede tener dificultades en su regulación emocional.
Y tú no estás sabiendo cómo acompañarlo no porque no seas capaz, sino porque estás atrapada en una jaula emocional.
Una jaula hecha de:
Impotencia.
Frustración.
Rabia.
Culpa.
Agotamiento.
Y cuando dos sistemas nerviosos desregulados conviven bajo el mismo techo… no hay magia que lo sostenga.
Así que aquí seguimos.
Rodando.
En la rueda del hámster.
Sin parar.
Sin saber cómo bajarnos.
Pero quizá la rueda no gira porque seas una mala madre.
Quizá gira porque estás agotada.
Porque nadie te enseñó a regularte mientras regulas.
Porque sostener explosiones cuando tú también estás explotando es demasiado para un solo cuerpo.
No es que no tengas paciencia.
Es que la paciencia no nace del sacrificio. Nace del descanso y del sostén.
Y cuando estás cansada, desbordada y sola emocionalmente, lo que aparece no es tu peor versión.
Es tu sistema nervioso pidiendo auxilio.
Tu peque no es un examen que estás suspendiendo.
Es un niño o una niña que todavía está aprendiendo a regularse.
Y tú no eres el problema.
Estás en un bucle que nadie te enseñó a romper.
Salir de la rueda no empieza cambiándole a él.
Empieza por mirarte a ti sin juicio.
Empieza por entender que no estás fallando.
Estás saturada.
Y una madre saturada no necesita más consejos.
Necesita comprensión.
Necesita herramientas.
Necesita un espacio donde dejar de sentirse la culpable de todo.
Porque educar sin gritos no empieza por callarte.
Empieza por aprender a escucharte.
Y eso —aunque ahora no lo sientas— se puede aprender.